ROLAND BERTRAND

 


Una vez oí que para ser un buen escritor, uno que llegue a los lectores, tienes que escribir de lo que conoces. No significa que solo puedas escribir tu vida, si no no existiría la fantasía o la ciencia ficción, y el terror daría mucho más miedo. Querían decir que utilices tus propias vivencias para que tus personajes actúen de una forma que sea más auténtica. Es como meter un poco de tu realidad en una batidora junto con la historia que quieres escribir. La cosa está en saber cuánto de cada una metes.

Estamos en los años 70. Roland Bertrand es un escritor americano que está pasando por un periodo de sequía literaria. Para intentar salir del bloqueo, decide ir a pasar unas vacaciones con su mujer a un pequeño pueblecito en la costa francesa. El sonido del mar siempre es bueno para atraer la inspiración.

Allí lo tiene todo, una habitación de hotel con vistas al mar, un bar, también junto al mar, con un viejo dueño con ganas de hablar con el extranjero, una pareja de recién casados vitales en la habitación de al lado, y a su mujer, una ex bailarina que siempre ha sido su musa.

Nada mas llegar, cambia los muebles y coloca su máquina de escribir roja en una mesa frente a la ventana abierta, para que además del sonido, le llegue la brisa marina. Pero no basta solo con eso.

Todos los días baja caminando al pueblo y habla con el dueño del bar, que no tiene problemas en contarle su vida. Luego se va a una mesa con sus papeles y su bolígrafo y se pasa el resto del día bebiendo, porque la inspiración no llega, ni con las historias del viejo.

Borracho vuelve al hotel, donde su mujer le espera sin hacerle reproches. Sin hacer nada, de hecho. Y puede que ese sea el problema, que su musa ha colapsado y ahora es sólo la cáscara de lo que fue, una estatua preciosa, pero vacía. Quizá si escribiera algo, sus palabras la harían revivir de nuevo, pero la creatividad no quiere aparecer. Y el tiempo y el silencio cada vez pesan más.

Hasta que descubren un agujero en la pared de su habitación por el que pueden espiar a la joven pareja de la habitación de al lado, hasta en sus momentos más íntimos. Entonces una pequeña llama vuelve a encenderse en el pecho de la musa. Roland intenta avivarla llevando el juego cada vez más lejos, pensando que si vuelve a haber pasión entre ellos, las chispas terminarán de hacerla brillar como antes.

Con lo que no contaba es que el fuego también puede desbocarse, y su mujer se convierte en un incendio con ganas de arrasar todo a su paso, para que todos sufran como ella, para que ella pueda seguir sintiéndose culpable...

Es entonces cuando Roland entiende que no puede seguir siendo un sujeto pasivo. Puede dejar de una vez a una mujer que ya no es su musa o quedarse y hacer que mire de frente a su dolor para empezar a superarlo, porque esperar que la situación mejore sola con el tiempo es igual que sentarse frente al papel esperando que la inspiración te susurre lo que debes escribir al oído.

Y cuando decide por fin hacer algo, el bloqueo se termina. Llevaba tiempo sabiendo cual sería su próxima historia, pero no tenía el valor de aceptarlo. En ese preciso momento, lo que quiere escribir es la realidad que aún les duele, lo que él y su mujer han pasado. Porque escribir el dolor sobre el papel puede ayudar a exorcizar los demonios internos y, cuando todo eso esté fuera, por fin podrán empezar a sanar.

Es una opción, desde luego, que utiliza el personaje de Roland en esta película, y que utiliza la propia Jolie como guionista de está película. (Es un poco turbio ver esta historia en la piel de Angelina Jolie y Bratt Pitt, si sabes algo de la antigua relación de Pitt con Jennifer Aniston). En mi batidora, desde luego, hay una proporción bastante mayor de metáforas e invenciones, para que el regusto a mi propia vida no esté tan claro.

Y a vosotros, ¿qué proporción os gusta más?


Comentarios

Entradas populares de este blog

RAROLARIUM

PLAYLIST DE CUMPLEAÑOS

CUANDO ESTÉ TRISTE